El suelo no se agotó de un año a otro. Fue gradual: fertilizantes sintéticos que alimentaban la planta pero degradan el suelo. Arado que rompía la estructura. Temporadas de monocultivo que vacían los nutrientes.
El resultado es visible en campo: suelo compactado que no retiene agua, raíces que no penetran, plantas que se enferman con más frecuencia, y costos de insumos que suben temporada tras temporada mientras los rendimientos caen.
El problema no es que falte fertilizante. El problema es que el suelo no funciona como debe, con biología, no contra ella.
Un suelo con vida produce más, resiste mejor las plagas y el clima, y necesita cada vez menos intervención externa.